El haber tenido en sus manos pasaportes de muy variadas épocas, inspiró al investigador Lucas Mertehikian a escribir Vidas en Tránsito (Editorial Mardulce). De ese modo, vislumbró la transformación del turismo poniendo el foco en un amplio campo de trabajo que incluyó el lado romántico y el disfrute del viajar hasta las tensiones que despiertan los controles fronterizos contemporáneos. En estos tiempos de límites hípervigilados, deportaciones y green cards revocadas, el autor rescata el pasaporte en tanto objeto narrativo, y cuenta su historia a través de las vidas de otros. Mertehikian es doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Harvard, se ha obsesionado con los pasaportes antiguos en la Houghton Library de Manuscritos y Libros Raros de esa universidad. Ha pasado muchas horas en la sala de lectura investigando su historia y comprando pasaportes vencidos por eBay.
Pasaporte de Carlos Gardel, expuesto en la sala del museo que lleva su nombre en La Casa del Teatro, en Buenos AiresFoto: EFE/Naiara Bellio
Un día de 2017 encuentró en el catálogo de la biblioteca, el documento de Georges Francis Train, el hombre que habría inspirado La vuelta al mundo en 80 días. Entonces comenzó esta aventura investigativa de la que habla en esta entrevista. Hoy Mertehikian està trabajando en un libro sobre plantas y jardines. Desde hace varios años es experto en colecciones botánicas como investigador, primero en Dumbarton Oaks (un jardín-museo-biblioteca de Harvard en Washington DC) y después en el Jardín Botánico de Nueva York.
–El pasaporte aparece en el libro como documento y como relato. ¿En qué momento dejaste de verlo solo como una fuente histórica y empezaste a pensarlo como un dispositivo narrativo?
–Creo que esas dos caras del pasaporte se me presentaron juntas desde el principio de mi investigación, porque el primer pasaporte que me llamó la atención fue el de George Francis Train, un viajero que creyó haber inspirado La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne (aunque lo más probable es que no haya tenido nada que ver). Desde ese momento supe que el pasaporte revelaba datos históricos que yo no conocía (como cuáles eran los rasgos que identificaban a una persona en el siglo XIX) y también vi que estaba en el centro de distintos relatos (el de Verne, pero también el que Train hacía de sí mismo en su autobiografía).
Más adelante, cuando empecé a coleccionar pasaportes de personas desconocidas que encontraba en Internet, tuve que inventar esos relatos yo mismo, porque los datos públicos sobre sus vidas eran muy escasos. Ahí pasé de ser lector a autor de pasaportes, de alguna manera, porque con los pocos datos que me daba el pasaporte tenía que imaginar la vida de sus propietarios. Es una obviedad, pero me di cuenta de que el documento capturaba algo de quién era la persona que lo tuvo y al mismo tiempo no nos decía nada sobre ella. Un pasaporte nos dice cuándo y dónde viajó una persona, pero no nos dice por qué, qué le pasó durante ese viaje, qué le gustó y que la decepcionó… Encontrarme con pasaportes de gente “común” terminó de dar forma a esa impresión que había tenido desde que vi el pasaporte de Train: cada pasaporte es una especie de librito que hay que leer para terminar de escribir.
–Pasás horas en la Houghton Library, estuviste mirando pasaportes ajenos, vidas detenidas en sellos y fotos. ¿Qué te pasó a vos, como lector y como persona, al convivir tanto tiempo con identidades del pasado?
–Creo que la experiencia de la biblioteca puede ser transformadora en un sentido vital, no solo académico o literario. El efecto más duradero de pasar tanto tiempo pensando en la vida de esas personas con las que me encontré en la biblioteca y otros archivos fue que pude pensar en mi propia vida como un relato más o menos coherente hecho de viajes y tránsitos accidentales. Es difícil estar mucho tiempo en contacto con los documentos que registran el paso de otras personas por el mundo sin pensar cómo alguien podría mirar los rastros que dejamos nosotros. Qué imagen de mi vida y de mi personalidad se haría alguien que solo me conociera a través de mi pasaporte y algunos documentos dispersos (algún email, unas fotos o un cuaderno que sobreviva al paso del tiempo). No sé si había pensado en eso hasta entonces.
Lucas Mertehikian, autor de Vidas en tránsito, es experto en colecciones botánicas como investigador, primero en Dumbarton Oaks (un jardín-museo-biblioteca de Harvard en Washington DC) y después en el Jardín Botánico de Nueva York.–El libro nace de una obsesión muy concreta: pasaportes antiguos, catálogos, compras en eBay. ¿Qué tiene ese gesto casi compulsivo de buscar que se parece al trabajo del escritor en tanto investigador?
–Es verdad que escribir siempre tiene algo de compulsión; uno termina escribiendo porque no puede evitarlo. Hay muchísimas más razones para no escribir que para escribir, así que el hecho de que sigamos haciéndolo tiene que tener algo de patológico… Como investigador me pasa algo parecido, me cuesta soltar un hilo que encuentro por ahí hasta que no siento que tire de él todo lo que se podia. En este libro siento que las dos compulsiones fueron complementarias: cuando la investigación llegaba a un camino sin salida porque no había más información sobre algo, tenía que imaginar. Y ahí empezaba a escribir. Puedo investigar más o menos sin escribir, apenas con algunas notas dispersas, pero cuando hay que imaginar la vida de otras personas (o la propia) ya empieza la compulsión de la escritura.
–El hallazgo del pasaporte de Georges Francis Train funciona como una escena fundacional. ¿Qué te atrajo de ese personaje que nació en un mundo que hoy vemos como lento y que parece querer vivir con más velocidad?
–¡Tantas cosas! Tantas que tuve que dejar algunas fuera del libro. Lo que más me interesó fue cómo parecía que había construido toda su identidad en torno al movimiento: desde su pasaporte, que cuidaba tanto que lo sobrevivió casi dos siglos (y ahí seguirá), hasta su vida profesional (se llamaba Train y se dedicaba al negocio ferroviario), pasando por sus memorias, toda su vida parece deliberadamente organizada por la idea de que las personas y las cosas pueden y tienen que viajar. Y todo eso apenas empezada la segunda mitad del siglo XIX, cuando todavía no existía el turismo como lo conocemos hoy. La otra cara de eso es el olvido casi absoluto al que el personaje está relegado, que también me resultó un poco conmovedor. Train dedicó todos sus esfuerzos a construir su personaje público, a ser recordado, y no lo logró. Es cierto que el olvido nos llega a todos, tarde o temprano, pero en cambio, el personaje de ficción al que Train creyó inspirar, el protagonista de La vuelta al mundo en 80 días, tuvo más suerte. Tal vez Train sabia que era difícil que su recuerdo permaneciera entonces quiso pegar su vida a la de un personaje imaginario.
Vidas en tránsitoLucas Mertehikian
Editorial Mardulce
–En varios pasaportes las mujeres aparecen sin nombre propio, solo con el del marido. ¿Cómo trabajaste esas ausencias y qué te dijeron sobre la relación entre documentos, poder y género?
–Ese pasaporte de Train que encontré al principio de la investigación, del siglo XIX, dice que el propietario viaja con su “mujer y suegra”; ni siquiera tienen nombre en el documento. Esa ausencia hizo que, cuando sí aparecían las mujeres, con una foto o un nombre sin apellido, se volvieran una presencia al mismo tiempo ineludible y fantasmática. Uno de los primeros pasaportes que compré en Ebay fue el de Wilhelmina Frances Dunning, una bióloga que recorrió el mundo con su trabajo y tenía el pasaporte lleno de sellos. Después de ver tantos pasaportes donde las mujeres aparecían elididas, su figura tomó muchísimas más fuerza, y no pude dejar de imaginar su vida como viajera con el trasfondo de todas las mujeres que, a diferencia de ella, tenían que quedarse en casa. Es una experiencia a la que no puedo acceder, obviamente, pero creo que ese fue otro sentido más en el que pasar tanto tiempo en el archivo con los papeles de otras personas me hizo pensar en la distancia que nos separa de los demás. A veces, como en este caso, esa distancia queda registrada en documentos de otra época y se vuelve más evidente por qué algunas disputas de hoy son tan relevantes.
–A medida que avanza el libro, el archivo se pone en diálogo con la actualidad: detenciones, deportaciones, green cards revocadas y hasta una locura sangrienta como la de Minneapolis. ¿Cómo fue escribir sobre el tránsito y las fronteras mientras esto ocurre en tiempo real en Estados Unidos?
–Mi vida como inmigrante en Estados Unidos, habiendo llegado como estudiante de posgrado, es increíblemente privilegiada, desde ya, pero aún así, no le hubiese prestado tanta atención a los pasaportes de no haber estado mi propia vida atravesada por esas noticias que mezclaban para mí lo público con lo privado. De alguna manera, esa situación coyuntural me convenció de que tenía sentido insistir en esa doble compulsion de investigar y escribir de la que hablábamos antes. También me hizo ver que mi vida podia contarse de dentro de ese proceso politico y judicial que afecta a otras miles y miles de personas, algo que tal vez fuera obvio pero de lo que yo no llegué a darme cuenta del todo hasta que empecé a escribir este libro.
Servicio de Ciudadanía e Inmigración de EE.UU. (USCIS).Foto: Shutterstock
–En Vidas en tránsito hay un vínculo tenso entre viajar por deseo y viajar por necesidad, entre turismo y huida. ¿Qué opinás de esta tensión del documento que va de la aventura a volverse un salvoconducto vital?
–Esa tension que marcás es la que yo vi más fuertemente mientras escribía el libro respecto de mi pasaporte y el de mi bisabuela, que también es parte de mi historia. El mío era el de alguien que viaja por deseo, no por necesidad; el de mi bisabuela se parecía más al de otros viajeros del genocidio armenio que había encontrado en la biblioteca. Eso también me hizo pensar de otra forma en mi propia vida, porque en general no me pienso como parte de una familia de sobrevivientes, y ese pasaporte es lo que más me acerca a ese linaje.
En todo caso, es revelador que el viaje nunca termina de volverse completamente rutinario, aunque los haya de tantos tipos distintos. Hasta el viaje más previsible (digamos, un viaje de trabajo de una persona que está acostumbrada a pasar mucho tiempo en aviones y aeropuertos) tiene algo de aventura, porque es parte de una tradición literaria. Cualquier viaje encierra un relato posible (o muchos). En el pasaporte fui viendo que, como decís, se cruzaban todos esos tipos de viaje, y también se volvía una especie de documento fantasma: hoy, los viajes más peligrosos (también los más aventureros, en el sentido vital y menos frívolo del término) son los que se hacen sin pasaporte.
–Los cambios tecnológicos –de las descripciones físicas a la foto común– recorren el libro. ¿Qué perdemos y qué ganamos cuando la identidad se vuelve cada vez más accesible para los Estados y/o los gobiernos?
–Ganamos previsibilidad y orden, la capacidad de seguir moviéndonos por el mundo aunque sea con restricciones. Y perdemos privacidad también, sin dudas, y cierta libertad de movimiento. Puede que pronto llegue el momento en que hasta la foto física se vuelva obsoleta, y nuestros datos biométricos revelen todo lo que los gobiernos necesitan para dejarnos entrar o salir de un país. De hecho es bastante notable cuánto dura el pasaporte como objeto, con su foto, comparado con lo rápido que avanzan otras tecnologías. Tal vez haya un apego compartido y un tanto melancólico al documento.
Pasaporte expedido en 1914 por el consulado holandes a Mata-Hari La controvertida vida de la espia Mata Hari y una suite que es casi un santuario–Después de reconstruir vidas ajenas a partir de documentos, sellos y silencios, ¿cambió tu forma de pensar tu propia biografía, tu identidad y tu manera de moverte por el mundo?
–Sí, definitivamente. Como decía antes, creo que por primera vez vi mi vida como un relato. Los momentos más personales del libro, que son como digresiones, aparecieron un poco sin querer, seguramente como resultado de haber pensado en la vida de otras personas más que en la propia. De repente encontré puntos en común con esos viajeros más o menos desconocidos cuyos pasaportes había visto. Y no solo los pasaportes, pensar en cómo una figura del ballet como George Balanchine había contado su vida a sus biógrafos y organizado su archivo personal me hizo pensar en si todos hacemos algo así, aunque no lo sepamos, si todos estamos construyendo, además de nuestras vidas, un relato de ellas que permanezca para los demás.
–¿En qué proyecto, libro, investigación estás trabajando actualmente?
–Ahora estoy trabajando en un libro sobre plantas y jardines. Desde hace varios años ya trabajo en colecciones botánicas como investigador, primero en Dumbarton Oaks (un jardín-museo-biblioteca de Harvard en Washington DC) y después en el Jardín Botánico de Nueva York. Por razones académicas y profesionales en esos años estuve mucho en conversación con investigadores, científicos y artistas que comparten su interés por el mundo de las plantas, que al mismo tiempo nos resultan familiares y totalmente desconocidas. Es un libro similar en el sentido de que mezcla mis encuentros en herbarios y jardines botánicos con plantas secas y vivas que a veces tienen cientos de años con el relato de las vidas de esas mismas plantas y las personas que las coleccionaron. Y con mi propia vida también, porque al final, como decía Thoreau, lamentablemente es el tema sobre el que más sé.
